lunes, 12 de septiembre de 2011

El día que Nietzsche lloró

Leer El día que Nietzsche lloró de Irvin D. Yalom, me sumergió en una serie de reflexiones sobre la vida y sus diversas aristas, sobre la forma en que cada individuo suele encarar las mismas situaciones y sobre la triste inercia que se evidencia a diario en las reacciones de la mayoría.

Esta novela nos sumerge en una mirada profunda a lo que pudo ser el Nietzsche de carne y hueso, ese sujeto que se esconde detrás de inmortales obras que han sacudido la filosofía contemporánea desarrollando toda una escuela de pensamiento. Con gran habilidad y alto grado de imaginación Yalom recrea la agudeza, la tenacidad, la fortaleza de un hombre que es capaz de retar a todos los paradigmas de su época, y al mismo tiempo dibuja el rostro escondido de aquel “humano demasiado humano” que padeció terribles dolores en vida, no solo a causa de enfermedades del cuerpo, como la terrible migraña que le acompañó gran parte de su vida; sino también del alma, como la soledad en la que vivió anegado.

Friedrich Nietzsche es sin duda un maestro para el cual no cualquiera está preparado, aún en nuestra época. Sin embargo recojo dos reflexiones de esta novela que me impactaron de manera especial, y que gracias a Yalom se cristalizaron de manera muy simple:

Hay que ser conscientes de la posibilidad del eterno retorno para trivializar lo trivial de la vida y ser libres.

A diario me doy cuenta de la ausencia de reflexión y de que la mayoría de la gente está atrapada la mayor parte del tiempo. Sí, está atrapada en las trivialidades de la vida. Por eso es tan fácil ver estallar de ira a cualquier individuo, socialmente bien comportado, en un embotellamiento vehicular, o darse cuenta de la importancia extrema que muchas personas le asignan a su imagen exterior incluso a costa de su propia salud o un largo etcétera para no ser engorrosos.

La idea es muy básica pero muy profunda: imaginen que su vida se repite una y otra vez hasta el infinito. Que cada acción, pensamiento, decisión, o hecho del que se participe se repetirá hasta la eternidad. Si realiza el ejercicio de pensar en las muchas cosas que ha hecho y contemplar la posibilidad de que éstas se repitan eternamente, probablemente tendría mayor cuidado en el futuro de hacer algo que valga la pena en todos los niveles de su vida, por ejemplo estudiar lo que le guste, relacionarse con la gente que le agrade, comer y beber lo que sabe que no le hará daño a la salud (por que la vejez también será eterna), divertirse más y enojarse menos, todo por la simple razón de que a lo largo de la existencia del universo cada decisión tomada se repetirá eternamente.

Esto nos lleva a una consigna ya muchas veces repetida: la vida de cada quien depende solo de las decisiones que cada quien tome y de cómo decida encarar las situaciones fortuitas. La filosofía de Nietzsche trata de transmitir este valor, y si cada persona en este planeta viviera consciente de que es el dueño de su propio destino, y que Dios ha muerto por que ya no se le puede echar la culpa de nuestros errores, tal vez viviríamos en un mundo mejor.

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